03/04/2025 - Edición Nº398


Los Escribientes

HISTORIAS DEL FISCAL

Cuento que no es cuento

27/10/2024 | Este cuento forma parte del libro “Historias del Fiscal” y fue escrito especialmente para el cumpleaños Nº 160 de la Escuela Adolfo Alsina, a la que todos, en Arroyo Seco, llamamos “la Fiscal” o “la 73”


por Rosanna Brancolini


Cuento que no es cuento                 

Mi nombre no es Josefina y no puedo revelar el verdadero. Por ahora. No es prudente darlo a conocer. Podrían atar cabos y descubrir mi verdadera identidad. Escribo esto para dejar testimonio de mi historia, que comenzó con mis abuelos paternos.

Ellos nacieron en un país que hoy no existe. Guerreros expulsados de reinos vecinos invadieron Macedonia y lo transformaron en una fortaleza. ¡Oh, no!  Ya les di una pista: el lugar desde donde escaparon.

No puedo contarles el nombre real de mi abuela así que la llamaré Beatriz. Ella vivía en la última casa de piedra del pueblo. Mi abuelo, al que le queda bien el pseudónimo de Pedro, era pastor de ovejas y cabras. Su casa estaba construida en la ladera de la  montaña más alta, cerca del río que bajaba desde el glaciar. Beatriz aprendió a leer y escribir el dialecto de la región. Pedro apenas sabía contar ovejas, también cantaba canciones que se transmitían de generación en generación.

Dos veces al año Beatriz tenía clases especiales con una tía que llegaba en carreta tirada por caballos. Al principio, la llevaba por los senderos de montaña a recoger semillas, hojas, raíces y flores. Aprendió a distinguir cuáles eran beneficiosas para la salud, aliviar dolores, bajar fiebre o curar heridas. Las secaban cerca de la estufa a leña para después conservarlas en frascos de vidrio. Para ella era muy interesante lo que aprendía con esa tía vieja cara de pergamino. En su cumpleaños  le regaló un baúl con pócimas secretas y polvos fluorescentes. Lo más interesante eran unos libros de tapas brillantes escritos en un idioma antiguo y secreto que Beatriz estudió en cada visita de la tía.

Beatriz y Pedro se enamoraron. Él le dejaba flores silvestres en las piedras donde ella descansaba mientras buscaba plantas medicinales. Ella le regalaba tortas hechas en el horno a leña. Como en un cuento de fantasías él la salvó de caer al río y ella lo abrazó asustada. Se dieron el primer beso. Fue el mismo día en que se produjo la invasión de los bárbaros. Vinieron desde atrás de la cadena montañosa, los Urales. Quemaban y mataban todo a su paso. Beatriz vio morir a su familia. Entró a su casa. Ató en una sábana algo de ropa y comida y arrastró el viejo baúl por el túnel que salía al bosque de robles y nogales. Pedro la salvó de ser descubierta. Cargaron todo en la mula, huyeron de esa barbarie con los ojos llenos de lágrimas. Nada ni nadie quedaba ahí para ellos.

Cruzaron muchos montes, durmieron en valles, llegaron a otras ciudades y a un puerto. Trabajaron en lo que podían a cambio de agua y pan. Lo poco que entendían del idioma de ese país era que esos barcos enormes iban a un lugar llamado América. Sin guerras, en apariencia tranquilo y con tierras para cultivar y tener ganado.

No voy a extender la historia. Les contaré que tuvieron un hijo: mi papá. ¿Les parece el nombre de Ángel? ¿O Miguel? Todavía no confío plenamente en ustedes para revelarles el real. Así que lo llamaremos Miguel Ángel. Nunca faltó a la escuela, caminaba una legua para llegar desde el campo hasta la escuela Fiscal. Es una pena que yo no haya guardado sus relatos pero sí un secreto. Tuvo una maestra que vivió más años que mi papá. Él ya viejito le mandaba flores cada 11 de septiembre para agasajarla. Ella le respondía con una carta agradeciendo el gesto.

En definitiva ahora sí me presento. Soy la hija de Miguel Ángel, la nieta de Beatriz y Pedro. A ustedes les dije que mi supuesto nombre es Josefina. Tal vez sea el verdadero. Quiero evitar que después de leer esta pequeña historia salgan a buscar los polvos mágicos de Beatriz. Soy la única que puede abrir aquel baúl traído en barco. Los polvos nunca pueden utilizarse porque modifican  las cosas, objetos y hasta pueden hacerlos invisibles. La única que sabe las palabras correctas de ese antiguo idioma para producir la magia soy yo. Estuve a punto de perder ese poder heredado a causa de una travesura mía.

Un día de mucho viento del Este era imposible llegar a tiempo a esta escuela, la Fiscal, todo culpa de una prueba. Abrí sin permiso de mi abuela Beatriz un pote de polvo naranja, tiré unos granos semejantes a arena sobre las ruedas de mi bicicleta, colgué la cartera en el manubrio, puse los pies sobre los pedales y levantamos vuelo. Crucé sobre campos sembrados de trigo, maíz, papas, tomates, ajíes, chauchas, repollos. Pasé sobre las ramas más altas del monte de eucaliptus, me miré en el agua escarchada de las cunetas y aterricé en el patio de la escuela ante el asombro de todos. Tres maestras se desmayaron, el director tuvo que ocultar el susto y mis compañeros aplaudían sin entender.

Fue la abuela Beatriz la que tiró unos polvos mágicos para borrar de la memoria de los testigos lo que mi travesura había causado. Ella llegó detrás de mí en caballos voladores cuando vio que yo me elevaba con la bicicleta. Por eso no hay registro de lo que pasó.

Tengo un último secreto para contarles. Mi bicicleta todavía vuela. Está atada en un galpón  lejos de la ciudad. Yo suelo usarla para dar vueltas por el aire y llegué a tocar las nubes.

Esa es la razón de no poder revelar mi identidad.

No se atrevan a seguirme cuando salga de este salón.

Tendré que usar los polvos mágicos para borrarles la memoria.