
por Cora Verón
Más Noticias dialogó con Leonela Gaudio y María Pía Aeschlimann, ambas psicólogas del Centro de Salud Ramón Carrillo, desde el año 2018.
Para hablar sobre el comienzo, Leonela aclara: “Quizás vamos a pecar un poco al hablar en nombre de la historia y sea fragmentaria porque es desde nuestro conocimiento y lo que fuimos reconstruyendo a través de la gente y los distintos actores que nos acompañan”.
En ese espacio funcionan los talleres culturales de forma descentralizada, “inició más o menos en la gestión del año 2007-2008 (primera intendencia de Darío Gres), con Fabiana Ramos en Desarrollo Social”.
Ya pasaron 16 años, y en ese entonces, quien fue uno de los actores principales como coordinador de la descentralización de los talleres en general fue José González quien también coordinaba otros talleres descentralizados como los que funcionaban en Canal 2 y en el Barrio Güemes, “fue un poco el referente en la comunidad del Barrio Virgen de Luján y San Francisco”.
De esos comienzos, las psicólogas cuentan que “era un lugar en el que también se pensaba, no tanto a modo de merendero, sino como un espacio de encuentro que se articuló para alojar y acompañar a quienes asistían a los talleres a través de una propuesta cultural, pero también de recuperar algo del sentido de comunidad”. También había lugar para los adultos porque también ofrecían espacios de tejido y pintura.
10 años después de ese inicio, Leonela y María Pía llegaron al lugar y han trabajado con José y otro gran referente como el profe Eduardo Sánchez, “es el profe de guitarra que aún continúa y también la profesora Evangelina Giovaccini, que es profesora a nivel primario y está a cargo de apoyo escolar en ese espacio”.
Volver de la pandemia y la pérdida del máximo referente
A comienzos del 2020, las profesionales pensaron una articulación entre el centro de salud, la copa de leche y los talleres culturales descentralizados, para trabajar algunas situaciones puntuales. Pero un mes después comenzó la pandemia, “el lugar quedó cerrado por casi un año; creo que solamente se ofrecía como espacio para la merienda, adecuado a las condiciones de aislamiento y cuidados preventivos”. “Las chicas que trabajan en la copa de leche, Sonia Benítez y Lucía Río, seguían asistiendo pero con los cuidados necesarios”.
A finales del 2020, Norma Dulong, que en ese momento era docente integradora y acompañante de alumnos del barrio en la Escuela 6036, propone “ubicar algunas problemáticas” para poder abordarlas de manera “más integral y no tan singularizada”; “empezamos como a fantasear con lo que habíamos pensado con José. Norma empezó a tender algunas redes con la Escuela Especial, preguntando posibilidades, y nosotras aquí con nuestras coordinadoras de aquel momento”.
Como consecuencia de ese recorrido, en el 2021, comenzaron un proyecto más específico sobre las trayectorias escolares problematizadas “de 6° y 7° grado, para poder acompañar y facilitar la finalización del primario y que no caigan en el riesgo de la desescolarización”.
Al volver del encierro de la pandemia, las chicas tenían una frase que repetían como un mantra: Guantes de seda y pie de plomo, “preferíamos ir desde lo micro y después pensar en una construcción macro”.
Luego de algunas instancias de supervisión que requería su trabajo más reuniones con José para comenzar a integrar lo nuevo con lo ya establecido, les parecía que reanudar historias sin pasar por las que fueron escribiendo el recorrido del galponcito, “era una falta de respeto” por lo que se acercaron a José para que les cuente “cómo veía esto que estábamos pensando y pueda hacer sugerencias, nos interesaba mucho conocer su parecer. También fue muy importante reunirnos con la Escuela 6036 y la Ceferino Namuncurá”, recuerda Leonela; “entrar después de la experiencia con José y Eduardo el primer tiempo fue muy despacio, además se le sumaba la pandemia; nos acercamos a unos 10 domicilios de alumnos con los que íbamos a trabajar, armamos grupos para después seguir trabajando en burbuja. Y ahí fue como ir rompiendo el hielo, pero nunca sentimos resistencia, sí fueron precavidos y se entiende, porque éramos dos chicas jóvenes”.
El aprendizaje fue en ambos sentidos, “nosotras aprendimos a no ser tan ambiciosas, a entender que las mínimas ceremonias rituales que se iban generando con las familias y los chicos eran pasos agigantados, y fue sumamente importante respetar esos tiempos, ir de a poco, con cuidado, entendiendo los tiempos, las intimidades, y que hubo otras personas antes que nosotras, y eso fue lo mismo que después recibimos, respeto, compromiso, implicancia, nos acompañan, nos apoyan, creo que el barrio es un gran empuje para nosotras porque son los mismos que nos ayudan un montón de veces a poder situar actividades, conseguir algunas cosas que necesitamos”.
En un salto del relato, las chicas recuerdan que la primera salida que hicieron fue a la huerta municipal y, como cierre de año, fueron a la pileta de Rosario Central, “conseguimos el contacto nos dijeron que sí, preguntamos a las autoridades si nos garantizaban el transporte y alguna merienda, fuimos hablando con las familias, todos nos dijeron que sí y sin darnos cuenta terminamos todos en la pileta de Central como cierre de esa primera experiencia, fue un año espectacular”.
En el 2022 se sumó a Erika Abram los jueves por la tarde, “aproximadamente había 40 niños y niñas, y surgían dificultades con el turno de las escuelas, los que iban de mañana no podían acceder al espacio de encuentro del galponcito o venían cuando faltaban, y hasta a veces te decían ‘falté para venir’”, así que a partir de ese año abrieron otro turno los jueves.
Dentro de las actividades que emprendieron, siguieron concurriendo a realizar algunas a la Escuela Especial, “es un uso pensado en un marco de encuentro que en el galponcito, por la propia estructura física del lugar, no hemos podido hacer, como por ejemplo cocinar”, “tienen un andamiaje pedagógico y de pensar en clave de promoción y prevención de salud mental. No es azaroso las actividades que uno elige, siempre intentamos retrabajarla en esa dirección”.
Amor y Mora, la gaceta del galponcito
Cerca de fin de año del 2024, con la colaboración del Coordinador del Museo local, Carlos Stenta, el Galponcito presentó el primer número de su revista, “nos dimos cuenta que había una cuestión ligada a la ciudad, que los atravesaba y que era necesario trabajar. ¿Dónde estaban ellos? ¿En qué calle? ¿En qué parte del plano de Arroyo Seco? Y desde ahí hicimos un trabajo de construcción de planos” explica Pía.
La Gaceta del Galponcito: Amor y Mora, es el nombre elegido por los niños en referencia a un árbol característico del barrio que sirve desde entretenimiento para ellos hasta para atar caballos, de ahí su protagonismo y simbolismo en la comunidad.
Este 2025 siguen trabajando todos juntos, las profesionales, los profes nuevos y viejos, los colaboradores y los niños con el objetivo fijo de seguir mejorando realidades que deriven en futuros mejores.