/UNA ARRECIFEÑA CUIDADORA DE ELEFANTES

UNA ARRECIFEÑA CUIDADORA DE ELEFANTES

Son mujeres y se impusieron en un ámbito que era machista. Ahora se ocupan de las elefantas Mara, Pupi y Cuki , entre otros habitantes. Y derriban mitos construidos hace décadas.

La breve historia de cómo la construcción de un comedero también puede ser un motivo, uno más, para discriminar por género. Como trabajadora en el Ecoparque, a Paula se le ocurrió fabricar un comedero para una jirafa. Lo hizo bien. Un «cuidador con muchos años en el lugar» lo aprobó, pero la desafió: «Ahí tenés la escalera, ahora quiero ver si podés colocarlo». En ese momento Paula supo que, aunque nunca en su vida había colocado algo por el estilo en altura, lo lograría. Tomó el taladro, se subió a la escalera y bajó sólo cuando el comedero quedó convenientemente colocado para la altura del animal. Pasaron muchos años desde aquel incidente. El comedero continúa allí, intacto.

Florencia tiene también su breve historia de «comentarios fuera de lugar». Participaba de una práctica en la que debía embolsar materia fecal de los animales; lo que se hace teniendo en cuenta un manejo, disposición y tratamiento determinados. Sin que nadie jamás lo haya estipulado, fue históricamente una tarea masculina. Usos y costumbres. «Vos sos una cuidadora que trabaja como un cuidador», fue el comentario del «cuidador con muchos años en el lugar». Quiso ser elogioso.

Paula Lemos, arrecifeña, (32) y Florencia Gómez (29) son trabajadoras del Ecoparque y cuidadoras en un sector en donde residen elefantes, felinos, osos hormigueros, carpinchos y cisnes. Poco a poco, y junto a muchas de sus compañeras, comenzaron a dejar en off side a los hombres que ensayaban este tipo de razonamientos. Un poco plantando caras, otro poco ganando espacios laborales y generando mucha empatía entre las trabajadoras.

Aquellos hombres que no veían a una compañera en esas jóvenes mujeres, generaban incomodidad incluso en otros compañeros varones que ya comenzaban a transitar un camino hacia la deconstrucción.

En el Ecoparque porteño, como en tantos otros sitios en donde conviven trabajadores y trabajadoras, comenzó hace varios años atrás un proceso en el que se busca cambiar estos paradigmas que generan discriminación y prejuicios; y que finalmente relegan a las mujeres en sus posibilidades de crecimiento. Ahora mismo, en este sitio que funcionó como un zoológico tradicional hasta septiembre de 2017, los cambios llegaron para quedarse. Como suele suceder, sobrevuela el sentimiento de que no hay vuelta atrás.

«En nuestro rubro se da además un paradigma, porque siempre hubo una idea de que el hombre era más fuerte y con más habilidades para manipular a los animales, tanto para alzarlos o para dormirlos en el caso de una intervención. Sin embargo, cada vez hay más mujeres trabajando y estudiando para veterinarias. Ahora mismo hay más mujeres que hombres en nuestro equipo. Nuestra jefa es mujer. Es muy gratificante ser parte de este proceso», contó Natalia Ruiz (colombiana, 27 años). Estudió en su país y vino a la Argentina a participar de una práctica en Temaikén. «Me enamoré de ese zoo y de Argentina. Así que cuando salió la búsqueda laboral en el Ecoparque, no dudé en presentarme», dijo.

A diferencia de lo que ocurre en otras áreas de gobierno y en instituciones y empresas, en el Ecoparque hay coordinadoras, jefas, subgerenta y directora. Aquí el «techo de cristal» ha logrado traspasarse.

La coordinadora del área de comportamiento animal, María Eugenia «Coki» Dahdah (37), es licenciada en Ciencias Ambientales. Siempre tuvo muy claro que iba a trabajar con animales; incluso cursó un secundario con una orientación en temas ambientales. Se recuerda caminando de la mano de su papá por lo que era el antiguo zoo porteño. Disfrutaba de esos paseos, pero también los padecía. Como cuando veía a Josefa, la osa polar, bebiendo de un hilo de agua que caía de una canilla, en pleno verano.

A los 17 años ingresó al zoo en el programa de voluntariado y su trabajo tomó notoriedad cuando se hizo cargo del cuidado de la orangutana Sandra, declarada por la justicia argentina como «persona no humana». «Los cambios que se ven en el trabajo de todos los días tienen que ver con algo que se venía gestando desde hace muchos años, con mucha lucha. Las trabajadoras comenzamos a hacer valer nuestra visión sobre las tareas cotidianas. Así logramos que hoy los equipos sean mixtos y que el trabajo sea a la par. Aquellos comentarios machistas vinculados a la fuerza, por ejemplo, hoy son la excepción a la regla», cuenta.

Como especialista en comportamiento animal, «Coki» ayuda a derribar unos de los mitos que se generaron en torno a las tres elefantas que comparten recinto; y de como los prejuicios y las miradas sesgadas lo abarcan todo. Quedó instalada como una versión cierta que Mara (ahora en cuarentena y a punto de partir hacia un santuario en Mato Grosso, Brasil), Cuki y Pupi, se llevan mal. El tópico clásico: son tres hembras conviviendo, se llevan mal.

«Los elefantes, cuando comienzan a crecer, hacen juegos de fuerza. Un antiguo cuidador contó que ellas estaban transitando el mismo ciclo de crecimiento y mientras median fuerzas con sus trompas, una cayó al foso del recinto. Fue todo muy traumático, no solo para la elefanta que quedó en shock, sino a nivel estructural, porque hubo que demoler una parte de la fosa para que vuelva al recinto. Por origen y por edad, entonces se decidió separarlas. Y nunca más se promovió un vinculo entre ellas. Cosa que afortunadamente cambió con la nueva generación de cuidadores. Ahora ellas se miran por encima de las defensas, se conectan, hacen sonidos, se prestan mucha atención», cuenta.

Y a esta revelación le siguen dos más: Pupi y Cuki no son hermanas. Quedó instalada la teoría, pero no es verdad. Si es cierto que ambas nacieron en el Parque Nacional Kruger (Sudáfrica) y que llevan muchos años juntas, lo que les ha generado un lazo muy importante. Finalmente, tampoco es verdad que las elefantas se lleven mal con las mujeres. «Sucede que alguna vez Mara tuvo un cuidador cuya novia trabajaba en el puesto de pochoclos cercano al recinto. Son animales que generan vínculos afectivos muy importantes. Con la trompa, Mara le tiraba piedritas a la novia del cuidador. Sencillamente, estaba celosa», cuenta, divertida.

Mientras las trabajadoras posan para las fotos de la nota, detrás Mara se acerca para ver todos los movimientos; hace ruido y llama la atención. Las chicas le hablan y se queda quieta durante unos minutos. Sabe que hoy, la protagonista no es ella, sino sus cuidadoras. Pero la calma dura solo un ratito, recoge tierra con su trompa y la sopla. Las chicas se ríen. Ya la están extrañando.

Clarín

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